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sábado, mayo 05, 2007

~33~ 3ª Temporada

En el capítulo anterior...

Conseguí hacerme con el volante de la ambulancia, pero la que tenía el tacón en el pedal del acelerador era Amanda, la compañera del trabajo de Jessica, poseída por el espíritu demoníaco de Agapita González, e íbamos directas a estrellarnos contra la fuente de la Cibeles. Ah, olvidaba decir, que nos llevamos por delante a un motorista de SEUR. Tenía que morir alguien, ¿no? ¡Pues ya está!


-¡FRENA! –grité mientras giraba el volante hacia la derecha, para no terminar empotrada con ambulancia incluida, en todo el coño de la estatua de la Diosa Cibeles, pero Amanda, que estaba más posesa que nunca (porque ya llevaba varios capítulos en este estado), maniobraba hacia la izquierda-. ¡No dejaré que nos estrellemos contra la Cibeles, como esas putas de Tamara y Loli Álvarez! ¡NO EN MI BLOG, PUTA!

Luché y le propiné un codazo en toda las napias, consiguiendo hacerme con el volante mientras la otra lanzaba un berrido súper raro, porque comenzó como un aullido animal, y terminó a grito de giri, porque no olvidemos, que Amanda es una giri.

Como girar a la derecha me venía tal que fatal y porque además la ambulancia cogería más y más velocidad, lo que hice fue rodear la fuente, pasando muy cerca de la fila de autobuses y seguí recta hacia la Puerta de Alcalá, porque era una pendiente y porque pensé: con suerte está esa zorra de Ana Belén que no soporto, recién salida de su última liposucción e inyecciones de botox, cantando lo del “Mírala, mírala, mírala…” y le pasamos por encima.

Pero no, nenas, no estaba Ana Belén, ni Víctor Manuel, y tampoco estaba Pilar Bardem, porque como bien sabemos, donde hay un socialista, ¡ahí está Pilar Bardem dando por culo! Algunos dicen, que hasta en la rosa del PSOE, como si se tratara de una cara de Bélmez, se está formando los rasgos de Pilar Bardem; pero como digo, no ¡estaban ninguno de los tres!

Intentando no pasarle por encima a ninguno de los peatones que cruzaban en ese momento, Amanda comenzó a berrear de forma psicótica (si se escribe con “p” antes, suena como de más sicótico), y frenó hasta el fondo, y yo salí disparada contra el cristal del parabrisas dándome un buen mamporro en la frente, antes de gritar al ver la entrada al Parque del Retiro y las barreras de hierro que hay para separar la vía de la acera. Los neumáticos chillaron más que yo, y nos empotramos como un cohete contra ellas.

Tras el primer guantazo, salí despedida hacia atrás, y crucé los dedos esperando que Gigi me detuviera, ¡pero no estaba Gigi! Caí sobre la camilla, golpeé con la cabeza las puertas traseras y salí despedida hacia el exterior.

-¡MIERDAAA…!!! –fue lo primero que grité, impropio de una Diva, lo sé, pero es que ahora iba cuesta abajo, acostada en una camilla que iba a una Velocidad Terminal y sin cuenta kilómetros, con todo el tráfico de Madrid corriendo a mi encuentro.

El primer coche, que era de policía, hizo una cosa rarísima (rarísima, desde donde yo estaba situada), porque iba cuesta abajo y no con los pies por delante, sino, ¡con la cabeza por delante! Así que tenía que doblar el cuello para poder ver contra qué me iba a estrellar… y para más INRI, notaba que iba ganando ¡más y más velocidad!

-¡Voy a morir! ¡Voy a morir! ¡Esta aventura se terminará en el capítulo 33! ¡Como la vida de Jesucristo! ¡HUALA, NENA QUÉ JEBY! ¡Dan Brown escribirá un libro de mi vida, buscando el código de mi muerte…!

Cerré los ojos esperando que el tránsito hacia al más allá, fuera rápido, indoloro y a ser posible, que no manchara mucho. No hay nada peor, que luego la policía le enseñe a tu madre una serie de fotos donde su hijo, antes conocido como Dolly Partos, La Diva, apareciera desmembrado en medio de una ciénaga de sangre y vísceras, como si se tratara de un personaje secundario de Hostel.

Oí claxons a ambos lados, porque ya me daba por muerta, y porque tenía los ojos cerrados, con las manitas sobre el pecho para que no terminaran una en la Plaza de Colón, y la otra haciéndole un finger a la Cibeles. Si moría, quería que todas las partes de mi cuerpo estuvieran juntas. Choqué contra algo. Todos los metales y tornillos de la camilla se quejaron, como cuando una vieja sin dientes intenta comerse una loncha de jamón de bellota, y las encías desdentadas hacen ¡ÑIIIIiiiIIIQUIS!

Me sentí ingrávida, olí a flores y de repente, un chapuzón y un dolor de cojones en la espalda, como una descarga eléctrica, que me hizo salir del agua y quedar de pié, mirando hacia la Puerta de Alcalá, donde todo el tráfico se había detenido y los coches se habían apartado a los lados, como para… ¡¡¡dejarme pasar sin ser atropellada!!!

¡¡¡Estaba dentro de la fuente de la Cibeles!!! ¡¡¡VIVA!!! Miré a los lados, y vi la espalda de la Cibeles, porque si no lo sabes, está dando la espalda a la Puerta de Alcalá. Y tenía un chorro de agua al lado que me empapaba más de lo que ya estaba.

-No te levantes, nena, que creo que estoy bien –le dije a la Diosa Cibeles, sentada ella en su carro, y di gracias a Dior por haberme estrellado en el mes de Enero, que es cuando tienen la fuente llenita de agua, porque me llega a pasar esto en verano ¡y como cemento hasta cagar ladrillos, neeenaaa!

Salté como pude de la fuente hacia la parte de flores (que sí, las pisé, putas ecologistas, pero era mi vida o un ramillete de margaritas), y me puse a correr como una loca hacia la Puerta de Alcalá, deshaciendo el camino que había hecho montada en una camilla y cuesta abajo, mientras unos policías parecían controlar el caos circulatorio, y los conductores de los coches que me habían esquivado, bajaban de sus vehículos cagados del susto de haber estado a punto de atropellar a una marika montada en una camilla de ambulancia que no paraba de berrear.

Para dar menos el cante, me metí por la acera y seguí corriendo esperando que se me secara la ropa, que no fue así, y esperando que como estaba en el final de La Tercera Temporada de Desperate Housegays, me casara menos, que tampoco fue así, porque estaba cansadísima, y la gente se apartaba de mí al verme correr, y los que estaban en la vía, creo que me llamaban a voces, porque no miré. ¡Tenía que llegar a la ambulancia, fuera como fuera! Esa golfa de Agapita tenía a Gigi y a Jessica.

Al llegar a la altura del kiosco, muerta de cansancio y sin aliento, vi que unas turistas me apuntaban con sus cámaras, y levanté una mano, para que no sacaran fotos. ¡No! ¡FOTOS NO! Hasta que no me arreglara el pelo y adoptara una pose estándar de Diva, claro. Sonreí, y pude ver cómo hasta salía el flash de sus cámaras.

¿Un flash? ¿En pleno día?

Levanté la cabeza y vi cómo el cielo se iba cubriendo de forma muy rara y a gran velocidad de nubes grises. Como en esas obras de teatro cutres de fin de curso, donde cae un telón pintado y listo, ya están en otro decorado: una campiña, una casa gótica, etc…

Dejé de posar y llamé a gritos a Gigi, cuando la vi saliendo del interior de la ambulancia, ayudada por gente que estaba en la entrada del Parque del Retiro… ¡y también vi que salía Jessica, aún conmocionada, pero despierta!

-¡GIGI! –grité, pero creo que sólo lo oí yo, porque no tenía ni aliento ni voz para gritar.
-¡DOLLY! –gritó Gigi, que me vio, claro. Y es que a mi me ven desde la Estación Espacial, nenas.

Llegué a su lado, vi que estaba bien, comprobé que Jessica estaba saliendo de su vahído que le había dado al ser secuestrada por una compañera de trabajo, que a su vez estaba poseída por el espíritu demoníaco de su hermana muerta… (si te has perdido a estas alturas del relato, nena, tienes 32 capítulos que releerte, porque NO TE VOY A HACER UN RESUMEN, ¡PUTA!).

-¿Estáis bien? ¿ESTÁIS BIEN?
-Sí, tía –dijo Gigi mirándome de forma rara.
-¡¿SEGURO QUE ESTÁIS BIEN?!
-¡Que sí, tía! ¿Y a ti qué coño te pasa?
-¡Que casi muero atropellada por conducir en una camilla de ambulancia o incrustada en el culo de la Cibeles, Gigi! –e intenté tranquilizarme-. ¿Y la poseída?
-¡Echó a correr hacia el Retiro!
-¿Al parque?
-Claro, tía, al Retiro…
-¿Y para qué se ha ido al Retiro? Gigi, llevo varios capítulos en una mega persecución, estamos en el capítulo 33, he estado a punto de morir varias veces y ésta es la página tres del Word. ¡Este capítulo se está acabando!
-¡Y a mí qué coño me cuentas, tía! ¡Es tu blog! ¡No el mío!

Corrí hacia la parte delantera de la ambulancia y vi el asiento del conductor vacío… y ante mí… la entrada al Retiro. Dos truenos le dieron más mal rollo a aquella visión.

-Dolly –oí que dijo Jessica a mi espalda-. No vayas.
-Tía, tengo que hacerlo –y un trueno en THX estalló sobre nuestras cabezas, obligándonos a mirar hacia arriba.
-Parece que va a llover –dijo Gigi.
-Es imposible que la encuentres… -puntualizó Jessica-. Déjala marchar…
-Nena, las cosas en mi blog, no pasan así porque sí. Que se cubra el cielo de Madrid a estas horas, tampoco pasa así porque sí. Y es tu hermana, la que está poseyendo cuerpos y matando a gente porque… porque… -casi meto la pata y se lo cuento todo a Jessica, nenas.
-Porque resulta que Manolo, tu novio, es bisexual, y tu hermanita fallecida, hizo un pacto de sangre con él, y tío o tía que se folle Manolo, aparece el demonio de tu hermana y los mata.



Os juro, nenas, que si llego a tener un hacha en las manos, le hubiera cortado la lengua a Gigi.

Jessica se quedó medio shockeada… y varios truenos restallaron en las nubes que habían sobre nuestras cabezas… y comenzó a llover a cántaros. Primero fueron unas gotitas de nada, pero luego calló agua a mares… lluvia, que ocultó las lágrimas de dolor y sorpresa de Jessica.

-Tú… ¿sabías todo esto? –me preguntó, intentando conservar la calma.
-Casi… desde el epílogo de la temporada anterior, cuando Gigi encontró el Diario de tu hermana.
-El diario se escribe sólo, tía… -puntualizó Gigi-. Como por arte de magia…

Un rayo cayó a diez metros de nosotros, haciendo saltar la cabeza de la figura que está en la esquina más próxima a nosotros, en lo alto de la Puerta de Alcalá, y sus cascotes cayeron a la vía.

-Ese pacto de sangre que hizo con Manolo, es lo que le ha devuelto la vida al espíritu de tu hermana, Jessica, además de… de juntarse con malas compañías.
-Sí, porque también se metió con unos de una secta satánica que eran súper satánicos y tienen un bar de jebys.
-Gigi, vale ya…
-¿En una secta?

Oímos sirenas y os vais a quedar muertas al leer esto, nenas, pero de las sirenas que escuchamos, unas pertenecían a los coches de policía que llegaron hasta allí, y otras… ¡a un coche de bomberos!

No esperé a ver si de él bajaba Manolo del coche de bomberos, nenas, no tenía tiempo para eso. Sólo tenía dos capítulos para terminar la Tercera Temporada de Desperate Housegays, y la puta de Agapita González, estaba perdida en el Parque del Retiro… ¿o quizá no estaba tan perdida como se podría imaginar…?

-No puede ser tan simple… -dije en voz baja, pero aún así, Gigi y Jessica me oyeron decirlo.
-¿El qué?
-¡No puede ser tan simple! –y me flipé a mí misma con lo inteligentísima que era-. ¡Quedaros aquí! ¡NO ENTRÉIS EN EL PARQUE! ¡NO-EN-TRÉIS!
-¡Pero, Dolly!

Varios rayos y truenos estallaron sobre nuestras cabezas, y serpientes eléctricas impactaron contra las verjas metálicas de la entrada del Parque del Retiro, como si de una advertencia del más allá se tratara. Una advertencia de: NO PASES, PUTA.

Me detuve unos segundos, cagada hasta el tuétano del miedo, bajo una cortina de lluvia terrible, mirando hacia el interior del Parque del Retiro.

Si hay algo que hace único, especial y diferente al Parque del Retiro, del resto de los parques que hay en el mundo, es por ser el único parque en todo el planeta Tierra, que tiene una estatua dedicada al Ángel caído… ¡AL DIABLO, NEEENAAASSS!

Eché a correr hacia el interior del parque, cuando las dos cancelas se movieron solas para cerrarse delante de mis narices, pero conseguí pasar antes de que lo hicieran, y un rayo o varios, cayeron sobre ella y fundieron el metal, para que nada ni nadie, entrara o saliera del parque.

viernes, abril 20, 2007

~32~ 3ª Temporada

En el capítulo anterior...

Además de conocer una ruta ideal para ir de compras por el centro de Madrid (de lo más chic y cool), casi muero estampada y estrellada como un bicho de autopista en el parabrisas de Fernando Alonso, por culpa de una vieja ex legionaria, ¡que conducía un jodido Smart! Y todo por perseguir la ambulancia donde Amanda (ahora poseída por el espíritu de la Agapita González), huía con Jessica y Gigi, ¡¡¡como rehenes Zellweger!!!


-¡EL SEMÁFORO ESTÁ EN ROJO! –chillé como nunca lo había hecho antes, y hasta con un tono de virilidad, ¡que ni sabía que tenía en mi cuerpo!

La vieja legionaria pisó con tanta fuerza el freno, que por un momento me imaginé cómo le salía el pié por la carrocería del Smart, porque claro, los Smart son tan pequeños, que como te descuides, te sales de él a lo ¡Picapiedra!

-¡Yo me bajo! ¡VAMOS QUE SI ME BAJO! ¡Pero ME BAJO cagando leches, neeenaaa!

Intenté arrancarme el cinturón de seguridad, pero aquello era tan estrecho, que ni aunque me operaran de las caderas o me quitaran 5 costillas en Cambio Radical, hubiera conseguido soltarme del cierre del cinturón.

-No se ponga nervioso, agente ¡que ya casi los tenemos!
-¡NO, señora ex legionaria! Prefiero seguir con la persecución en bus o en el jodido metro, ¡a jugarme la vida con usted!
-¡Sus compañeros la acaban de detener!
-¿Cómo? –y miré hacia delante, sin dejar de intentar liberarme del cinturón de seguridad.

¡Era cierto! Dos policías, a la altura del McDonalds, le hacían indicaciones a la ambulancia. Mi cinturón hizo CLIK y me liberé; sin pensármelo dos veces, abrí la puerta del Smart y salté a la calle justo en el momento en el que el semáforo se ponía en verde.

-¡Dónde va! ¡Que ya casi los tenemos! –oí cómo gritaba la jodida vieja a mi espalda.

Yo eché a correr como nunca, intentando no ser atropellada por los coches que ya comenzaban a ponerse en movimiento, y cuando alargué el brazo para abrir las puertas traseras de la ambulancia, esta hizo un ruido rarísimo, la ambulancia, nenas, no las puertas, ¡y salió disparada!

-¡Ahhhhh NO!

Grité y salté a lo Niurka Montalvo, deseando que alguien me grabara en esos momentos con alguna cámara de vídeo y que luego lo pasara a DVD Blu-ray, para que vieran a cámara lenta el estupendísimo salto que di, sin despeinarme gracias a mi gomina Giorgi, que es ¡LO-MÁS! Puedes participar en una orgía y salir sin despeinarte. Aunque no está a prueba de gómitos demoníacos, como ya comprobé en los capítulos anteriores.

-¡¡¡DETENGAN ESA AMBULANCIAAAA!!! –grité, como si me fuera a oír alguien.

Pero claro, estamos en Madrid, en la jodida Gran Vía, donde los coches sólo saben hacer una cosa, tocar el claxon, mientras los peatones que quedan en el paso de cebra, ¡corren por sus vidas!

-¡DETENGAN LA AMBULANCIA!
-¡¡¡TARAAAOOO!!! –me gritó un conductor al correr entre los coches.

Miré hacia atrás, me fijé en la matrícula y le grité al conductor.

-¡DE MURCIA TENÍAS QUE SER!

La gente se arremolinaba en los cristales del McDonalds, flipados, emocionados y agradecidos por el auténtico espectáculo que les estaba dando. Se pegaban a los cristales como esos peluches con ventosas que llevan los retrasados mentales en sus coches y que creen que son bonitos, ¡y no lo son!; la policía salió a mi encuentro en el preciso instante en el que la ambulancia aceleraba apresuradamente ¡y casi se lleva a uno de ellos por delante!

Para los que no conozcan lo que es La Red de San Luis, que no es un Santo que se cuelga a lo Spider-Man, sólo les puedo especificar que es una confluencia rarísima que hay a la atura de la Gran Vía, donde coches que salen de la Calle Fuencarral (lo más para una marika que quiere ir de compras), se incorporan a la Gran Vía en ambos sentidos de circulación.

Así que os podéis imaginar, coches por delante, por detrás, una ambulancia escopetada, dos policías tirándose a los lados, y yo corriendo como si fuera la puta prima de Steven Seagal. Y como todas sabéis, las Divas ¡NO PODEMOS SUDAR! Y yo no es que sudara, es que me había convertido ¡en el dodotis que se pone la Concha Velasco cuando sale de copas con sus amigas del Museo Egipcio!

Menos mal que la Amanda estaba poseída por el espíritu de Agapita González, y lo de meter primera se le dio tan mal, como se le da el caminar en línea recta a Nati Abascal después de salir a cualquier "acto cultural", donde le ponen garrafón con una aceituna, y le cuelgan un cartel de Prohibido Fumar, no sea que la señora explote en una combustión espontánea; la ambulancia se caló, volvió a arrancar haciendo eses, y yo salté sobre ella como aquellos pulpos asquerosos de goma que vendían en los años 80’s, y que al tirarlos contra la pared, bajaban rodando en vertical. Pues eso mismo, pero con menos tentáculos, me pasó a mi con las puertas traseras de la ambulancia.

Sí, nenas, conseguí caer sobre la ambulancia, arañar toda la parte trasera en busca de algo donde poder sujetarme, y suerte que se me metió la punta de mi zapato entre el guardabarros y la matrícula, con lo que por lo menos, estaba enganchada, ¡pero no sería por mucho tiempo!

Cogí el tirador de la puerta y abrí hacia fuera, cuando la ambulancia tomó velocidad en el sentido contrario (y sin parar de hacer eses), y yo quedé colgando de una mano, mientras manoteaba con la otra.

-¡GIGI, HELP ME, PUTA!

Gigi, en el interior, gritaba y con las manos extendidas al estilo Cristo, o sea, de crucificada, intentando no estrellarse contra los laterales de la ambulancia; Jessica, por el contrario, se había caído de la camilla, al hueco que hay entre esta y el lateral de la ambulancia, y yo detrás, colgando como una puta cometa, a lo Bruce Willis, pero con más pelo, claro, y sudando a mares.

-¡Vamos a morir! –gritó Gigi con todas sus ganas.
-¡Sí, nena, pero yo lo haré primero como no me ayudes!

Llevada por los nervios, el terror, o las ganas de experimentar algo nuevo, la Gigi se colocó una mascarilla de oxígeno y abrió la botella que se puso a silbar al salir a presión.

-¡Pero qué mierda estás haciendo! ¡Échame una mano, PUTA!
-¡Estamos perdiendo presión! ¡ESTAMOS PERDIENDO PRESIÓN EN CABINA!
-¡GIGI! ¡Te estás colocando!
-¡Fuera-de-mí-COCHE! –gritó Amanda la poseída, y dio un volantazo y yo salí volando en sentido opuesto.

Se me soltó la punta del zapato de donde me había enganchado, y caí al asfalto, pero claro, me he visto tantas veces el Lago de los Cisnes, que fui capaz de correr con el culo apretado y de puntillas a fin de no soltarme de la puerta de la ambulancia.

-¡GIGI!
-¡ME ESTOY HIPERVENTILANDO!
-¡¡¡GIGI!!!
-¡QUE ME HIPERVENTILO, TÍA!
-TE ESTÁS METIENDO OXÍGENO PURO, NENA, ¡¡¡ESO NO COLOCA!!!

Y recordé que se lo estaba diciendo (en realidad se lo gritaba) a Gigi, el mismo que una vez que me pilló limpiando la cocina con amoníaco y comenzó una disertación sobre las trufas y las formas de conseguirlas, bien con perros entrenados o con cerdos. A Gigi le duró la verborrea de las trufas como dos horas y cuarenta y cinco minutos (hasta que me di cuenta de que estaba colocada in extremis), y desde ese día jamás podré ver una trufa, si no es imaginándomela en la boca babosa de un chucho de mierda, o entre los dientes de un gorrino con el rabo ensortijado y el culo en pompa.

Corriendo de puntillas como corría, saltando como una virgen recién desvirgada, vi la parte delantera de la ambulancia y el atasco monumental al otro lado del parabrisas. No tuve que hacer nada más. El frenazo que dio Amanda la poseída, me precipitó como un supositorio infantil al interior del vehículo, mientras yo gritaba y me soltaba de la puerta trasera para no perder los dedos. Claro, porque eran los dedos de la mano derecha, y me gustaría conservarlos, por si una vez me caso, y me ponen un Bvlgari, nenas.

Aterricé de narices, pero con un estilazo propio de mi estatus de Diva, sobre la camilla y avancé medio metro más, hasta casi salir por la parte delantera del conductor; la ambulancia traqueteó, se ve que estaba haciendo algo extraño, aminoraba la velocidad para meterse en el carril bus y volver a acelerar.

Me levanté de un salto acolchado (porque no olvidemos que estaba sobre la camilla), le arranqué a Gigi la mascarilla de la cara, además de darle dos sopapos para que dejara de decir tonterías, y un sopapo más, porque me salió del coño y porque me encontraba muy alterada, y salté al asiento del copiloto.

-¡Detén esto, hijadelagranputa!

La ambulancia que iba a 60kmh (lo sé, porque pese a mi pánico, vi el cuenta kilómetros), giró 90 grados a la altura del Círculo de Bellas Artes y enfiló línea recta contra la fuente de la Cibeles, esquivando dos taxis, un motorista de SEUR, que no iba a llegar a tiempo porque le dimos por detrás y salió volando con moto, paquetes y todo contra la mediana ajardinada, que esa misma mañana había regado Gallardón, y por fin conseguí hacerme con el volante.

-¡FRENA, MALA BESTIA!

Y la Amanda, me miró, con sus ojos llameantes y pisó más el acelerador.

Con el tráfico detenido en nuestro sentido, nosotros seguíamos a 100 kmh, invadiendo la mediana contra la fuente de la Cibeles que estaba rodeada de coches y más coches.

-Mira, endemoniada de los cojones: soy la prota de este blog, tengo MUCHO background ¡y no puedo morir!
-¿Y yo tengo de eso? –preguntó Gigi desde atrás.
-¿Qué si tienes el qué?
BAS GRAU, tía!
-¡Gigi! Cierra el pico, nena, que no es el momento.
-Pronto –comenzó a decir la Amanda al pisar el acelerador-. Nos veremos en el infierno.

Yo hubiera preferido que nos viéramos en el Heaven, con todas las marilicras y futuras osas bailando en plan Cool, pero no, nenas, la zorra de la Amanda, poseída por el espíritu de Agapita González, tenía razón.

Pronto… nos íbamos a ver en EL INFIERNO.

sábado, marzo 31, 2007

~30~ 3ª Temporada

En el capítulo anterior...

Gigi y yo, cual Sherlock Holmes y Watson, pero en versión gay, con menos medios y sin un violín a mano que tocar, conseguimos ir encajando una a una, las piezas de este rompecabezas llamado Diario Secreto de Agapita González. Como es una información súper jeby, te jodes y no te la cuento en este resumen del capítulo anterior, PUTA, porque el tiempo corría en nuestra contra, y mí reloj se había quedado sin pilas hace unos cuantos capítulos...



-¡Sólo estaba consultando una cosa en el glogles! –dijo Gigi para disculparse de estar toqueteando el ordenador de Bruno.
-¿Estáis bien? –preguntó Sayuri.
-Sí, nena, pero creemos que ya hemos desencriptado El Código Agapita.
-¿Son estos dos? -preguntó el hombre de traje, que había entrado con Bruno y Sayuri.
-¿Quién es éste? –pregunté a Bruno.
-Es el jefe de… ese chico rubio que estaba con vosotros en las catacumbas.
-¡Anda! –digo Gigi.
-Pues debe pagarle una mierda, porque el pobre chico estaba ¡en bolas! –dije yo.
-¿Vosotros le habéis salvado? –nos preguntó como si no terminara de creérselo.
-Muy a mí pesar, porque no hacía más que interrumpir la narración –y miré a Bruno-. Bruno, Gigi y yo, si no tenemos que responder a preguntas tontas o a que nos cuelguen alguna medalla por haber salvado… a las que salimos con vida de allí, sin contar lo de las satanistas que terminaron todas muertas…
-Eso ya se lo conté yo, Dolly –dijo Gigi.
-Uys, pues muchas gracias, nena; es bueno saber que entre capítulo y capítulo, tu mejor amiga dejas algunos cabos atados con los personajes secundarios –y volvía mirar a Bruno-. Bruno, no tienes porqué creerme, pero Gigi y yo hemos de irnos a detener algo terrible que seguramente va a pasar. No sé si será en este capítulo, o en el siguiente. Todo sea que Gigi y yo, no nos pongamos a hablar como cotorras a lo Star Trek.

Mientras yo les soltaba este rollo, el hombre de traje nos miraba a Gigi y a mí, como si formáramos parte de una película polaca sin subtítulos. Sayuri se sonreía y Bruno parecía querer entender lo que le estaba contando a toda velocidad.

-Hemos de hacer algo súper importante. Gigi y yo, ¿vale? Sólas.
-¿Estaréis localizados en el móvil que me llamaste? -preguntó Sayuri y Gigi se sacó del bolsillo el móvil de las Bossini.
-¡Anda, el móvil de las Bossini! Pues no, sé que no debería decir esto, pero una Diva no puede llegar al final de la película en plan Meng-Diva; así que me pasaré por casa a darme una ducha, a ponerme algo que sea cool a la par que épico, para un épico final de la Tercera Temporada de Desperate Housegays, y cogeré mi móvil. En cuanto lo tenga, te llamo. ¿Oka? –y me dirigí a la puerta de salida.
-¿Podría hablar con vosotros? –preguntó el hombre del traje, que seguía sin presentarse.
-¡Pues ahora… como que nos pilla fatal, nena! –dije al salir.
-Salvar el mundo y todo eso da mucho estrés, tía –le dijo Gigi que me seguía muy de cerca.

Y abandonamos la comisaría de la calle Luna, como dos Power Rangers maltratadas por un niño esquizoide, pero súper dignísimas… entre otras cosas porque habíamos salido vivas tras nuestro enfrentamiento con el monstruo del infierno, y enfilamos el camino hacia casa, a PATA.

-¡¡¡¿Vamos a ir andando?!!! –me chilló Gigi cuando se lo dije.
-Mira, nena, el último taxi que cogí estaba conducido por un fan de la COPE. Prefiero ir andando y que me de el aire, que bastante culo de bicho he estado oliendo durante no se cuantos capítulos, nena.

No tardamos mucho en llegar a casa, porque la verdad, yo vivo como a 15 minutos de la comisaría; claro, que si llego a vivir en Vallecas, ¡porsupuestísimo que me cogía un taxi! Estuviera conducido por un oyente de la COPE, o por el puto peluche del suavizante, ¡o por Freddy Kruger en persona!

En el piso de Jessica y Manolo no había nadie. No es porque lo supiera telepáticamente, es que me harté de llamar al timbre y a la puerta con los nudillos, así que ante la desesperación, y sabiendo dónde localizar a Jessica (en el hospital), nos dimos una rapidísima ducha las dos (por separado, que conste, que yo a la Gigi la quiero un puñao, pero no para meterla en la ducha conmigo), cogí mi móvil, monísimo, y le dejé algo de ropa a Gigi, para que también afrontara en plan súper cool, el final de la Tercera Temporada de Desperate Housegays.

Al salir, volví a llamar a la puerta de Jessica y Manolo, y tampoco estaban en casa.

-Nena, no tenemos más remedio que ir al hospital.
-¡Pero si nos encontramos bien, tía!
-Ya lo sé, Gigi, ¡pero allí es donde trabaja Jessica!
-Ah, vale… como siempre voy de paquete.
-Gigi, lo de ir de paquete se dice cuando se va en moto.
-Ya está la Elisenda Roca –y se puso en jarras-. ¿Y cómo se dice cuando una marica sigue a otra marica a un sitio donde se puden jugar la vida?
-¿Ir al Strong? ¡No vamos a ir al Strong, nena, vamos al hospital!
-Dolly, tía, me está entrando dolor de cabeza.
-Oka, nena, cierra el pico y sígueme.

Salimos a la calle y en cuanto pude, hice el primer gesto que aprendí cuando era pequeña. Gesto que aprendí incluso antes de hablar, y es el de levantar la mano para pedir un taxi. Claro que con mi presupuesto, no estaba yo para despilfarrar el dinero en taxis, así que, en la parada de bus de Gran Vía al lado del H&M, levanté la manita para detener un autobús de la línea 1, que me dejaría en Isaac Peral, justo al lado del hospital donde trabaja Jessica.

Le piqué a Gigi con mi metrobús, porque si espero a que encontrara el suyo en esa cartera que lleva, a lo bolsita de David el gnomo, nos darían cinco capítulos más y no había tiempo que perder; después corrimos al fondo del autobús a buscar sitio, que no había, pero mira, la carrerita nos sentó bien, porque así nos vieron todas desfilar por el bus con garbo y valentía.

Ya en el hospital, donde no se puede fumar, nos sentimos un poco perdidas, porque aquello tenía como 5 plantas llenas de gente, entre personal y gente que era carne de hospital, o sea, gente con algo para que la ingresaran, y visitas, y un ciego que vendía cupones, y la kioskera, y un viejo con cara de aburridísimo que estaba justo en el cartel de INFORMACIÓN; fui directa a él.

-Hola, buenos días. Busco a una amiga que se llama Jessica y que trabaja aquí como enfermera.
-…
-¿Usted es de información, verdad?
-Sí, pero no puedo darle ese tipo de información.
-¡Pues vaya mierda de información! –dijo Gigi.
-A ver, señor, que supongo que no habrá muchas enfermeras que se llamen Jessica, en este hospital, ¿no?
-No puedo darle esa información –dijo él, erre que erre-. ¿Le dijo en qué planta trabajaba?
-No es florista, es enfermera –puntualizó Gigi.
-Gigi, será mejor que me dejes a mí; a ver, señor, es urgente que localice a mi amiga Jessica. Es un caso de vida o muerte.
-El ochenta por ciento de la gente que entra por esa puerta –dijo señalando con su boli hacia la entrada-. Son de vida o muerte.
-Mire, ¿sabe lo que le digo? Que ya la busco yo solita. Aunque me meta dentro de los cuartos de los rayos X y me saquen fotos. ¡Gracias por nada! –le dije y tiré de Gigi para que me siguiera por el pasillo que tomamos.
-¡Mira, Dolly! Ese enfermero se parece al Hayden Christensen…. ¡Ya quisiera yo ser senadora galáctica para que me hiciera dos hijos! –y me miró preocupada-. Pero tranquila, que yo sobreviviría a la cesárea.
-Más te vale, nena… y déjate de enfermeros, que mientras hayan neurocirujanos que cobran más, ¡que se quiten los del MIR!

Seguimos andando y yo pensé en aquello que me había dicho Jessica, de que salía su compañera de trabajo a fumarse un cigarrillo. ¿Y si trabajaba en urgencias? Vimos un grupo de gente esperando, y me acerqué a un hombre de unos 40 años que esperaba en la cola.

-Perdone, ¿esto es urgencias?
-No, esta cola es para el urólogo.

Gigi y yo nos abrazamos y gritamos aterrorizadas. Cuando se nos pasó el susto, continuamos avanzando por el pasillo, donde había gente y más gente, y más enfermeros, y dos gitanas que se estaban quitando los 5 kilos de metales que llevaban encima, porque las iban a hacer unas radiografías, y al final, vimos que hacia la derecha había un pasillo con sala de espera, con mucha gente nerviosa, y supuse que aquello era la sala de espera de urgencias, porque tenían caras de estar muy nerviosos y preocupados.

-Por aquí, Gigi –y me siguió hasta otro puesto de información, donde había una enfermera de unos sesenta años detrás de un cristal, y otra puerta doble y de plástico, y otra puerta más, abierta de par en par que era por donde entraban las ambulancias-. Disculpe, señora.
-Señorita –me corrigió la mujer.
-Disculpe, señorita… estamos buscando a una amiga nuestra que trabaja aquí, es enfermera y se llama Jessica.
-¿Jessica?
-¡La conoce! –dijo Gigi.
-Sí, Jessica –dije yo.
-Ahora mismo está en box, y no pueden pasar -dijo la señorita de sesenta años.
-Ah, vaya, ¿y tardará mucho?
-Está con un ingreso.
-¿La han ingresado? –preguntó Gigi.
-Está ocupándose de un paciente. Accidente de tráfico.
-Qué susto nos había dado, señorita –dije yo, y mis ojos se fueron directos a una rubia monísima, una ATS, que salía de box con una cajetilla de tabaco en la mano-. Gigi, mira, debe ser ella.
-¿Jessica? ¡Esa no es Jessica, tía!
-Jessica no, tonta, su compañera de trabajo, la giri que fumaba como un carretero. La que Jessica creía que le estaba poniendo los cuernos con Manolo.
-Dolly, creo que me he perdido.
-Si te hubieras leído el Capítulo 13 de esta temporada, seguro que hasta te acordarías de su nombre: ¡AMANDA! –dije en voz alta, y la rubia se volvió hacia nosotras; y yo le sonreí a Gigi-. ¿Ves? –y me volví hacia Amanda-. ¡Hola, nena! ¿Eres Amanda, verdad? La compañera de trabajo de Jessica…
-Sí -dijo la chica medio perdida.
-Es que mira, somos los vecinos de Jessica, y tenemos algo súper urgente que decirle.

Amanda nos miró de forma extraña, y se encendió un cigarrillo en la plataforma metálica que conectaba con la entrada de ambulancias.

-Está dentro, en box –dijo en tono seco.
-Bueno, pues gracias por la ayuda… esperaremos a que salga. Gracias

Dije súper cabreada y me crucé de brazos. Gigi hizo lo mismo, por empatía, o porque no sabía donde meter las manos, y así esperamos siete eternos minutos, donde la hijadelagranputa de Amanda, se fumó su cigarrillo con una pachorra “quepaqué”, hasta que llegó a toda velocidad una ambulancia con las luces en plan vídeo clip de Madonna. Gigi y yo nos apartamos, mientras salían de ella dos enfermeros y sacaban una camilla con alguien con mascarilla de oxígeno puesto; Amanda, por su parte, apagó el cigarrillo de inmediato y ayudó a entrar al paciente, mientras los del SAMU-ERTO le contaban no se qué, de lo que le pasaba al que llevaban en camilla: que se había caído en plena calle o así.

Al meter la camilla en urgencias, las puertas que son como de plástico duro, se abrieron de par en par, y yo agudicé la vista para ver si veía dentro a Jessica, y la vi, nenas. Casualidades de la vida, o porque este capítulo se estaba acabando, ella caminaba hacia nosotras, y a Gigi y a mí nos dio mucha alegría y levantamos la manita para saludarla y así nos viera… ¡y nos vio!

-¿Dolly, qué haces aquí?
-Nena, que se acaba el capítulo y tengo que decirte algo ¡muy importante!
-Díselo, Dolly, que se acaba el capítulo, tía.
-Gigi, que ya lo sé, no me metas prisa, coño.
-¿Qué sucede? –preguntó Jessica súper nerviosa.
-Nena, no es lo que tú crees. Manolo te quiere, ¿vale? Y no te está poniendo los cuernos con nadie.
-Pero…
-No, nena, atiende y escucha. ¡Está siendo poseído!
-¿Poseído?
-Sí, tía, como cuando es época de rebajas, y te entran ganas de comprar muchas cosas y no sabes por qué te entran esas ganas de comprar muchas cosas… -dijo Gigi.
-Sí que lo sabes, nena, te entran ganas de comprar muchas cosas, porque ¡TODO está rebajado! –dije yo-. Pero ese no es el tema que nos toca ahora, Gigi; Jess, nena, tu chico, Manolo, está siendo poseído por un demonio.
-¿Qué? –dijo ella mega flipada.
-Sí, nena… se ve que cuando Manolo vivía en Murcia, tenía una novia…
-¿Qué? –volvió a preguntarme con cara de muchísimo jiñe.
-Y ambos hicieron un pacto de sangre, pero su novia, Agapita, que se vino a Madrid, fue captada por una secta y murió, y ahora quiere llevárselo con ella. ¡Al infierno!

Jessica me atravesó con la mirada y me arreó tal bofetada, que casi me saca del hospital por la entrada de ambulancias.

-¿Quién te ha hablado de Agapita? –me ordenó responder, súper cabreada-. ¿De qué vas, Dolly? –sus ojos estaban llenos de lágrimas.
-Jess, nena, ¿qué coño te pasa? Intento alertarte de un peligro peligrosísimo, ¿y me arreas una bofetada? ¡La mala de la función es Agapita González, nena!
-Agapita, era mi hermana, Dolly. ¡Quién te ha hablado de ella! –y miró a Gigi fuera de su sano juicio-. ¿De qué vais vosotros dos? ¿Quién os ha estado hablando de Agapita? ¿De qué va toda esta mierda?
-¡Jessica! –grité yo, cuando me cogió del cuello de mi cazadora de finales épicos de temporada-. ¿Cómo que Agapita es tu hermana?
-¿De qué coño vais los dos? ¿Eh?
-¡Pero si Agapita es la mala, tía! –gritó Gigi.
-¡Quién te ha hablado de Agapita, respóndeme!
-¡¡¡Pero si casi nos mata su puto fantasma, Jessica!!! ¿Cómo es eso de que es tu hermana?
-Si esto es una broma –dijo muy rabiosa y llorando-, no tiene la más mínima gracia, Dolly.
-¡Jess, nena… es Agapita quien intenta separarte de Manolo! ¡Es su fantasma!

Y al decirle esto, Jessica se volvió medio loca, y comenzó a llorar a gritos y a darnos tortas a las dos, a Gigi y a mí.

-¡Dejad de hablar de ella! ¡DEJAD DE MENCIONAR SU NOMBRE!

Aquella situación se había vuelto una auténtica locura, y todo el mundo nos miraba como si fuéramos asesinos de enfermeras o ve te tú a saber, y nos miraban súper raro, hasta que apareció por detrás de Jessica, saliendo del box como en una aparición, Amanda, con los ojos rojos como rubíes, y a lo Sr Spok, le tocó en alguna parte de la clavícula a Jessica, y la otra cayó a plomo al suelo… pero sin llegar a tocarlo, porque Amanda la levantó en brazos.

Gigi y yo estábamos tan mega horrorizadas (además de hostiadas vivas), que no pudimos reaccionar al instante, cuando Amanda, con Jessica en brazos dijo “gracias”, con una voz satánica pandemonium miserere, y bajó la rampa metálica, lanzando el cuerpo de Jessica al interior de la ambulancia y cerró las puertas traseras.

-¡GIGI, QUE SE ESCAPA! –grité yo, mientras que todo el mundo nos miraba presa del shock, decía cosas a voz en grito y no supo reaccionar.

Amanda, ahora poseída por el espíritu demoníaco de Agapita, abrió la puerta del conductor y se subió en la ambulancia arrancando el motor; cogí a Gigi de la muñeca, y tiré de ella, y una mujer detrás de mí gritó. ¡Había cogido por error a una señora gorda que me miraba con cara de susto! Y claro, lanzó un berrido de susto.

-¡Gigi! ¡Sígueme! –y esta vez sí, cogí a Gigi de la mano y saltamos la pasarela hacia la entrada de ambulancias.

Los neumáticos traseros aceleraron levantando una nube negra de goma quemada, pero me dio tiempo de cogerme a la manecilla trasera de la puerta y tirar hacia fuera para abrirla; con la otra mano cogía Gigi, ¡¡¡y la ambulancia tiró de mí!!!

-¡Salta, neeenaaaa! –le chillé a Gigi, sintiendo cómo la ambulancia salía disparada ¡con mi brazo!, mientras que con el otro, no sé cómo, pude coger a Gigi y arrojarla al interior de la ambulancia.

El tirón fue tan fuerte, que no pude soportar el dolor (entre otras cosas, porque soy alérgica al dolor, nenas), y me solté y me vi corriendo como una borracha con tacones tras la ambulancia que conducía Amanda, poseída ahora por el espíritu demoníaco de Agapita gonzález.

-¡Doooollyyyyyyyyyyyyyyyyyyy! –chilló Gigi mientras se alejaba en el interior de la ambulancia-. ¡¡¡No me dejes con la demonia, tía!!!